Aquellas pequeñas cosas

Pequeñas pero sabrosas

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Certificado de antecedentes penales.

"Certifico que el abajo firmante la cruza. Fuerte y arriba. Notifíquese"

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Un amigo me invita a jugar al fútbol. Trabaja en el Ministerio de Economía.

Martín: - ¿Juega Kisci?
Diego: - El más “capo” que juega es el director de la dirección de análisis del sector externo
M: - Ah, no, yo mínimo quiero jugar con Máximo
D: - Pero es que la felicidad no se compra con dinero. Más vale el Kun Agüero que vivir en soledad
M: - Y yo sólo quería usar “máximo” y “mínimo” en la misma frase…

Las pequeñas cosas.

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visual-poetry:

»anachronism« typewriter poems by anatol knotek

unique, handmade chapbook, 16 poems, DIN A6, with sewn bindings;

»usually a book is just a copy - but not this one. every poem is individually written with my typewriter, so each single page is unique. out of about 50 poems i chose 16 for each book, therefore also the contents varies and is never the same.«

if you like to purchase the book, you can use the paypal button on the left side of my blog, or just contact me on tumblr or via email: anatol(at)anatol(dot)cc

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El tiempo en el paladar

Se dice en cine que dos grandes recursos para marcar el paso del tiempo son mostrar un reloj, y después el mismo reloj con la hora avanzada (oh, tirano), o bien un cenicero primero vacío y después lleno (oh, pulmones).  Sin embargo, no se puede hablar del paso del tiempo al saborear un buen fernet.

Pero resulta que, tan relativo es cronos, que se deja percibir. Se percibe en la piel, se percibe en los huesos, se percibe en la mirada, se percibe en el color del pelo, si es que todavía queda algo cuando la gran pinza del tiempo viene a ganarse el premio en la maquinita de peluches, de peluquines. Y así es que se puede percibir el paso del tiempo en el paladar, en compañía, o mejor dicho, gracias a un rico fernet. Veamos cómo: el fernet en cuestión deberá ser preparado en un recipiente adecuado. Y aquí me animo a detenerme, pensando en el tiempo individual y el tiempo colectivo, dos órdenes sin duda de cosas similares y necesarias entre sí. Para el tiempo individual, el contenedor será un vaso de trago largo, o más grande aún, pero no más pequeño. Los vasos promocionales, de alguna marca de gaseosa, incluso con un Power Ranger estampado en él, o por qué no una tortuga ninja, son perfectos para este acontecimiento. Me animo a postular la medición del tiempo de un colectivo, por ejemplo de amigos, en una botella de dos litros de gaseosa cortada a tres cuartos de su capacidad, y así la medición del gran tiempo del universo en un tonel infinito donde constantemente se produce y se consume fernet.

Pero prosigamos con la preparación. Llega el turno de los hielos: cinco si son pequeños, tres si son medianos y entre uno y dos si son de fabricación industrial. Ahora sí, la mezcla de los líquidos de hermoso color oscuro, casi hechos para mezclarse entre sí, dando un resultado tan homogéneo como esperanzador. Entre uno y dos dedos de espuma beige, y a quién no le arranca una sonrisa semejante regalo a los sentidos.

Pero todo empieza ahí. Ahí mismo. El momento cero. El génesis de todo. No porque vayamos a medir las demás acciones en relación al fernet, y necesitemos una escala precisa, quién necesita medir cosas cuando tiene un fernet así en la mano. Pero resulta que es el origen de todo, el origen de los tiempos, el momento de iniciación cuando llevamos la boca al primer sorbo de tamaña alegría. Despacio, nos vamos acercando al vaso, y nuestro labio superior ya siente el cosquilleo de la espuma, que lo acaricia y se prende a la carne conociendo su destino, esperando ansiosa que la lengua pase por ahí para arrastrarla y fundirse con la saliva en una mezcla aun mejor. La espuma nos recibe, y apenas después, el líquido, frío, frío de un frío irregular, porque está cerca de los hielos que nos golpean el labio, no queriendo entrar, sino haciéndose notar. Casi como diciendo “qué harías sin nosotros”. Y ahí va el primer trago: intenso, de elementos bien diferenciables, como la espuma, los hielos, y si somos detallistas, todavía el fernet y la cola no se encontraron del todo. El momento del caos perfecto, los elementos y el espacio. El tiempo.

El tiempo que pasa sin prisa pero sin pausa, y hace mella sobre los integrantes, sobre los hielos, que se amalgaman con el resto de la bebida, que respetan al último bastión de la espuma que se va, y que se agarra de ellos como de los bordes del vaso, quizá reclamando su lugar en la historia, pidiendo que no la olvidemos. En este momento, las dos bebidas están en un encuentro íntimo y único, de una perfecta armonía con los hielos que empiezan a destilar, que emanan su temperatura pero no pueden evitar integrar algo de agua a la mezcla, que ya transpiró las paredes del vaso, y sigue con mayor intensidad de la línea de líquido hasta el fondo, transpiración que la mano sabe apreciar. Un momento de magnífica conexión, de integridad y unión que deleitan a cualquiera y se liberan entre el paladar y la lengua.

Finalmente, y en su última etapa, cerca del final, cuando los elementos están más cansados, ya se toman por completo entre sí, y son uno parte del otro, en una sentencia indiscutible entre fernet, cola y los hielos, sin ya rastros de lo que fuera la espuma, salvo alguna aureola que resisten al paso de los sorbos, pegadas a la pared del vaso, mucho más arriba. La amalgama de sabores, colores y texturas ya cedió sus vigas, y un solo líquido biselado es el que queda en el fondo del vaso, más clarito que el oscuro del principio, pero a su vez más gentil y fresco al paladar, que recorrió el mismo tiempo que él.

Y así es, amigos, donde lentamente levantamos el vaso, miramos el fondo y vemos que no queda nada. Que ya todo está adentro nuestro, ya es parte de nosotros. Imposible saber con qué parte nos vamos a quedar y qué parte vamos a descartar, eso sólo lo sabe la mano que hace el fernet. Nosotros sabremos, eso sí, que el tiempo pasó, y que lo tuvimos en el paladar. 

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